martes, 12 de julio de 2011

Un año y un día


Ayer sólo había homenajes y alabanzas para la España Campeona del Mundo. Cada canal de televisión preparó su mejor repertorio de imágenes para tratar de transportarnos de nuevo a ese partido. De todos ellos me quedo con Informe Robinson, el que para mí es el mejor programa actual del panorama deportivo y humano. Retrocedamos un año con mucho gusto. El 11 de julio del año pasado todos estábamos frente al televisor viendo la Final del Mundial como no la habíamos visto antes. Siempre teníamos que hacernos ficticiamente de uno de los dos finalistas para sentirnos partícipes del evento. Esa noche eran nuestros jugadores los protagonistas del momento y los nervios se mezclaban con la sorpresa e ilusión. Nunca pensamos vernos en éstas. Pero España nos fue haciendo a la idea de que algo así podría pasar durante los dos años anteriores. Luis Aragonés nos dio nombre y estilo. Contra viento y marea renunció a clichés del pasado para apostar por poner todo el talento a la vez. Nunca nadie hizo eso en la Selección. Nadie. España jugó como los ángeles en la Eurocopa y, para mi gusto, algo peor en el Mundial. Del Bosque a la menor ocasión suprimía toque para cambiarlo por velocidad en el extremo o contención en el medio. Parece que queda mal decirlo, pero España compitió mucho mejor de lo que jugó. Quizá les juzgo con demasiada exigencia porque, sin al estar al máximo nivel estético, la Selección estuvo muy por encima del resto de las grandes. Mi felicitación para los 23 jugadores que pasarán a la historia de nuestro fútbol y de nuesta vida. 


Ayer debí ser un tipo extraño, porque no paré de acordarme de aquellos jugadores que teniendo tanta o más calidad que los actuales nunca tuvieron la continuidad o la suerte necesaria para esto pasase antes. Durante el Mundial Míchel fue entrevistado en "El Larguero" y dijo algo que aún recuerdo y que hoy hago mío: "Esta Selección es la mejor de la historia de nuestro país porque por primera vez los mejores juegan y lo hacen a lo que saben". Cuánta razón tenía. Durante cada fase final de los Mundiales que recuerdo malgastábamos talento exigiendo honrar a la dañina "Furia Española". Y lo hacíamos de dos maneras: Una, prescindiendo absolutamente de los jugadores de calidad. Ni siquiera se les convocaba o si se les convocaba no jugaban aduciendo que en la alta competición debe primar el físico y la fortaleza antes que la circulación y la floritura. Aún me duelen términos despectivos aplicados a grandes jugadores como "minga fría" y definiciones que en un principio se utilizaron con sorna y desprecio como "tiqui taca".  Y dos, poniendo a jugar a esos jugadores de clase, pero sacrificando sus habilidades en pos de un mal llamado "bien común de conjunto". Se les exigía recorrer metros y metros sin sentido, se les obligaba a desplazar la pelota en largo constantemente. Estábamos poseídos por el miedo a perder el balón antes que a la necesidad de crear fútbol. Como de esta composición los jugadores talentosos salían mal parados por lógica, en el partido siguiente el seleccionador de turno se creía armado de razón para apartarlos y plagar el equipo de centrales para autodefinirnos como un equipo rocoso. Y lo conseguíamos eh! Éramos tan absolutamente inútiles y poco productivos como una roca...



Por lo que se hizo durante los años noventa con una generación de jugadores simplemente espectacular y que fueron la inspiración reconocida de los actuales Campeones del Mundo, por ese delito, hoy quiero acordarme de ellos. Le doy las gracias a Míchel por sus centros y a Butragueño por su intuición y calidad dentro del área. Regalo un aplauso al centro del campo que hubiesen formado Luis Milla, Pep Guardiola, Guillermo Amor y Eusebio Sacristán al principio de los 90. Ellos son los "primeros pobladores" del país de la posesión de pelota. Recuerdo a Julen Guerrero y su llegada desde segunda línea que no nos dejaron disfrutar en USA 94. Veo de nuevo los goles de Caminero en ese mismo campeonato en el que estuvo absolutamente solo en la elaboración de fútbol. Ovaciono a la zurda de Fran que tendría 50 internacionalidades si hubiese nacido en Sao Paulo. Grito un Olé ante los pases imposibles de Kiko Narváez que inundaron el río Manzanares y que apenas pudimos ver vestido de rojo. Salto y grito ¡Gol! con delanteros como Morientes, Urzáiz y Alfonso, jugadores que hubiesen marcado decenas de goles más si hubiesen recibido el caudal de fútbol que viene del centro del campo actual. Mi reconocimiento para Raúl, jugador grande de nuestro fútbol que no alcanzó los triunfos actuales y que injustamente será imagen de las decepciones inmediatamente anteriores.


No quiero olvidarme de jugadores como Manolo Sanchís, Rafa Martín Vázquez, Luis Enrique o Gaizka Mendieta que tendrían sitio perfectamente en los 23 de una convocatoria actual.Y sobre todo quiero rendir un homenaje a Iván De la Peña, máxima expresión de lo que ahora se ensalza y antes se denostaba. El mayor talento del fútbol que he visto en un campo y que acabó su carrera con cinco internacionalidades, cinco.

Ayer todo el mundo derramó lágrimas y esbozó sonrisas recordando el pasado más cercano. Yo en cambio pensé que un año y un día después de alzar al Copa del Mundo había que recordar a los campeones que nunca lograron levantarla porque nacieron antes de tiempo. 

viernes, 1 de julio de 2011

A once metros de hacer historia


La selección de Camerún, con Roger Milla a la cabeza, tuvo en sus manos eliminar a Inglaterra en cuartos de final del Mundial Italia 90. No pudo ser. Senegal fue la revelación del Mundial de Corea y Japón en 2002 pero un gol turco en la prórroga les privó de jugar las semifinales de ese campeonato. El fútbol africano ha tenido una evolución continua en las últimas décadas. Su progreso ha sido más en lo individual que en lo colectivo. Jugadores como Eto´o o Drogba son considerados en el selecto grupo de los mejores delanteros recientes. Decisivos en equipos poderosos. Poderosos entre los jugadores decisivos. La nómina de jugadores en las convocatorias de estas selecciones no tiene nada que envidiar a cualquier potencia europea o sudamericana. Pero han tenido un problema común. Ningún equipo acabó siendo eso, un equipo. No fueron conjuntos disciplinados en lo táctico. Su desorden y precipitación ante cualquier adversidad acabó matando el talento de sus deslumbrantes estrellas.
Pero en el Mundial de Sudáfrica apareció un equipo africano, sin Drogba ni Etoo. Sin jugadores que ocupan portadas durante el año. Sin vitola de favorito. Apareció Ghana, "las Estrellas Negras". Un equipo, por encima de cualquier otra definición.
    


Encuadrado en el Grupo D junto con Alemania, Serbia y Australia no era favorito ni mucho menos para pasar a la siguiente fase. La victoria ante Serbia y el empate contra Australia hicieron posible su clasificación como segundo de grupo pese a la derrota en tercer partido contra Alemania. En estos partidos el juego de Ghana se hizo acreedor a elogios de toda la prensa. Se posicionaba en un 4-2-3-1 perfectamente trabajado y en el que todos y cada uno de los jugadores trabajaban para el colectivo. Esa disciplina global iba provocando, minuto a minuto, que fuesen destacando de manera individual las virtudes de cada línea, de cada jugador. Atrás exhibía una seguridad impropia de los antecedentes de sus compañeros de continente. En el medio las atenciones se repartían entre la disciplina táctica y la sencillez en la circulación de Annan y la llegada y potencia de Kevin Prince Boateng. El hecho de que nadie echase de menos a Essien es la mejor alabanza que se puede hacer de estos dos jugadores. En la parte de arriba destacaron la aparición de Ayew con una zurda que se especializaba en el último pase y la fortaleza en la presecia de Kwando Asamoah. Y arriba, ay arriba! En la delantera estaba Gyan Asamoah.

En octavos de final Ghana eliminó a Estados Unidos con un gol en la prórroga de Gyan que significaba el 2-1 final. Un gol que puede servir como definición de este jugador en diez segundos. Desmarque al espacio, potencia en la carrera, cabeza levantada, disparo fuerte y colocado. Gol, y el único equipo africano que pasó la primera fase por segundo Mundial consecutivo ya estaba en cuartos de final. Ahora tocaba Uruguay. Pensar en ser el primer equipo africano en semifinales no era descabellado ni mucho menos.

El partido del 1 de Junio de 2010 contra los charrúas comenzó con el dominio de Ghana. Una posesión coherente con la importancia del choque y una seguridad defensiva incrementada para la ocasión fueron haciendo que las ocasiones fuesen llegando, algunas realmente claras. Al filo de descanso un zurdazo raso de Muntari adelantaba a Ghana y ponía el sueño más cerca, pero al comenzar la segunda mitad una falta tirada por Forlán se colaba por la escuadra contraria sin que Kingson fuese capaz de alcanzar a tocar la pelota. El partido se fue a la prórroga en la que el miedo provocado por la tensión hizo que fuese habiendo cada vez menos ocasiones. Hasta que llego el minuto 121…

En ese minuto volaba un balón proveniente de una falta lanzada desde la lateral del área y que, tras ser rematado y rechazado bajo la línea de gol en dos ocasiones, fue cabeceado por Mensah. El gol se cantaba y Luís Suárez estiró los brazos para impedir un hecho histórico y mantener con vida, aunque sólo fuese por unos segundos más a Uruguay. Penalty en el último minuto de la prórroga. Mi más sincera enhorabuena al “guionista del destino” porque había escrito una de las escenas más intrigantes en la cinematografía del fútbol. Ahí apareció Gyan para tomar la pelota y colocarla en el punto de penalty. El resto de compañeros se dividían entre los que no querían mirar, los que rezaban tratando de contener el nerviosismo y los que estaban al borde del área para un posible rechace. La cara del delantero demostraba la responsabilidad que tenía en sus espaldas. Las ilusiones de un país, el orgullo de un continente, la mirada de un planeta. Parecía percibir el ánimo que le mandaban también los neutrales, deseosos de que la pelota entrase y se hiciese justicia con el fútbol y la vida de los menos favorecidos. Era el encargado de tirar los penalties en Ghana y su seguridad había sido total. Siempre he pensado que en esos instantes llega un punto en el que te gustaría desaparecer y que el tiempo avanzase de golpe dos minutos para mitigar la impaciencia y la incertidumbre.

Gyan corre hacia la pelota, la pega fuerte y al medio, engañando a Musiera que ya está en el suelo. Pero los ánimos del mundo futbolístico entero, la ilusión contenida, la mirada de tantos niños descalzos jugando en las calles de Accra que querían ser él hicieron que el balón volase tanto y tanto que estalló en el larguero y se perdió en la noche del Soccer City de Johannesburgo para no volver jamás. Fue Gyan el que debería haber tocado el cielo, no el balón. Otra vez el destino fue esquivo con el humilde. Otra vez el fútbol se teñía de crueldad y golpea con dureza a un jugador como Gyan, cuyo baile tras cada gol no pudo ser realizado de nuevo. Ahora yacía tirado en el césped. No hubo danza. Sus compañeros levantaban su cuerpo mientras su alma seguía tumbada, deseando salir de un trance que acababa de empezar y en el que siempre habrá una parte de su corazón sumido.   



En la tanda de penalties Uruguay ganó porque los jugadores ghaneses seguían derrumbados tras lo ocurrido. Eso sí, Gyan tiró el primero de la tanda. Valentía. Y lo marcó. Más crueldad. Esa noche, hace exactamente un año, la vida nos enseñó que no gana siempre el que se clasifica. Uruguay jugó semifinales pero Gyan se llevó nuestra admiración y solidaridad para siempre y sobre todo y más importante, la portada de mi blog J  

Días después Nelson Mandela le sacó una sonrisa al nombrarle metafóricamente “Rey del corazón de los africanos”. Gyan no es egoísta y esa sonrisa es la misma que nos sigue regalando tras cada gol con su inconfundible baile.