Camp Nou. Minutos finales de la segunda parte. Pelota en profundidad para Niklas Bendtner que se planta solo delante de Váldes. Si marcaba clasificaba al Arsenal y echaba al Barcelona de la Champions en una eliminatoria en la que había sido notablemente superior. Entonces aparece Mascherano y, tras un sprint de 30 metros desde la posición de mediocentro, se lanza para evitar el remate nítido del danés. Toca la pelota y el balón lo atrapa Víctor. Todos respiramos, el Barcelona seguía con vida. Podríamos pensar que esa jugada marcó la temporada por ese único hecho, pero no fue así. Ese arranque en velocidad de Masche marcó los últimos tres meses de competición para el equipo blaugrana porque propició un cambio táctico.
Para entonces el Barça venía jugando con Busquets de central debido a los continuos contratiempos que atacaban con reiteración el centro de la defensa. Busi lo pasaba mal y eso se veía a la legua. La salida de pelota seguía siendo limpia pero su falta de velocidad a campo abierto impedía la armonía defensiva previa ante las contras de los rivales. Esa situación fue generando poco a poco inseguridad en Sergio y sobre todo una merma en lo físico. Había que cubrir mientras el hueco dejado en el eje del centro del campo. Eso hizo que Mascherano fuese teniendo la continuidad que no tuvo en los primeros meses de competición. El Jefecito ya había acumulado desde entonces veladas y explícitas críticas porqué con él el equipo circulaba el balón con menos fluidez. Siempre un toque de más. Paraba la pelota y ahí empezaba a buscar el pase, cuando en la línea de creación del Barca la pócima del éxito siempre fue saber a quién ibas a pasar la pelota incluso antes de recibirla. Llegó un punto en el que el Barça empezaba a tener la pelota sólo para defenderse, se le veía temeroso y tocaba la bola sin profundidad, con el único fin de que pasase el tiempo cuando se ponía por delante. De ahí una larga serie de victorias por la mínima no exentas de sufrimiento.
Mascherano nunca alzó la voz reivindicando su jerarquía previa. Agachó la cabeza, asumió su rol de titular eventual con una naturalidad sorprendente para alguien que venía de ser líder y referencia en la albiceleste. Se esforzó por adaptar su fútbol a esta nueva exigencia.
Llegó aquella noche y esa jugada, y Pep optó poco después por invertir las posiciones. Masche empezaría a jugar atrás y Sergio volvería a su posición natural. Era una decisión de riesgo porque el argentino no había jugado nunca de central y su estampa contrastaba con la imagen mental que todos tenemos de alguien que juega en el centro de la defensa. La mejoría del equipo fue lenta pero continua.
Sin darnos cuenta llegamos a los cuatro partidos contra el Real Madrid y las bajas atrás seguían. La enfermedad de Abidal, Puyol no se recuperaba del todo, Milito enlazaba lesiones… Pero Mascherano creció y creció y para mí fue el mejor de esos partidos. Rápido, corriendo hacia atrás, el argentino dio lecciones de casta y de conocer el oficio de futbolista para suplir su falta de centímetros y kilos. El Barcelona ya movía la pelota a ritmo de vértigo y no sólo por la vuelta de Busi a su origen, sino también por la seguridad que llegaba desde 20 metros atras. El Madrid fue objeto de rondos en todo el campo durante gran parte de los cuatro choques, rondo que continuó después en la exhibición ante el Manchester en Wembley. Mascherano fue absolutamente decisivo e indiscutible. Siempre seguro atrás, como si llevase toda la vida jugando ahí.
Lo que hizo Mascherano fue reconocido rápidamente por el Camp Nou porque era de ley. Entendió las dificultades del inicio y valoró la humildad, el esfuerzo y el saber hacer de un jugador gigante que destacó fuera de su posición ante las dificultades que encontró en su hábitat natural. Ha sido clave en una temporada de éxito. Hizo algo que varios jugadores no han podido hacer. Por ego o por capacidad, otros fichajes nunca lograron sentirse “jugadores Barça”. El lo ha logrado. Ahora también es referencia, dentro y fuera del campo.
Y pensar que todo pudo acabar en esa jugada…



